En Guatemala existe una frase que muchos escuchamos desde pequeños. Mi abuelo la decía. Mi papá también.
No era una frase de cinismo. Era una frase de experiencia. Y con los años uno empieza a entender por qué. No porque todos los políticos sean malos. Sino porque el sistema está diseñado para arruinar a muchos de los que entran.
En Guatemala hemos visto el mismo patrón repetirse por generaciones.
Un amigo se mete a política.
Un conocido se lanza para alcalde.
Un empresario decide “servir al país”.
Al inicio llegan con buenas intenciones.
Prometen transparencia.
Prometen cambiar las cosas.
Prometen hacer las cosas diferentes.
Pero el sistema político guatemalteco tiene una característica peligrosa: absorbe a la gente.
Y tarde o temprano pasan tres cosas:
Se corrompen.
Se cansan y se salen.
O terminan siendo parte del mismo juego que juraron cambiar.
No siempre porque quieran. Muchas veces porque no hay otra forma de sobrevivir dentro del sistema.
Después de ver muchas campañas, muchos discursos y muchas decepciones, adopté una regla simple:
A las personas hay que creerles la mitad.
Pero cuando se trata de políticos, la regla cambia.
A un político se le cree el 25% de lo que dice.
No es odio. Es estadística emocional guatemalteca. Es simple sentido común.
Porque en campañas políticas se prometen cosas que ni siquiera dependen del candidato.
Y otras que saben perfectamente que no van a cumplir.
En muchos países desarrollados la política no es improvisación. Es una carrera profesional.
Tomemos ejemplos como Estados Unidos o Alemania. Allí muchas personas que terminan siendo políticos comienzan su formación desde muy jóvenes.
A los 10 o 12 años ya están en:
clubes de debate
programas de liderazgo
voluntariado internacional
simulaciones de congresos
formación en políticas públicas
Luego viene la etapa universitaria. Estudian derecho, ciencias políticas o economía en universidades de alto nivel.
Después hacen:
pasantías en el gobierno
trabajo en campañas políticas
consultoría pública
investigación legal
A los 25 años ya están trabajando como:
asistentes legislativos
abogados junior
asesores políticos
Van construyendo redes reales:
fiscales
jueces
policías
alcaldes
asesores técnicos
A los 35 años muchos de ellos ya tienen:
una carrera profesional sólida
experiencia en leyes o administración pública
redes de trabajo reales
reputación construida
Y entonces deciden entrar a política.
Aquí el proceso muchas veces es distinto.
Un día aparece alguien diciendo:
“Voy a lanzarme para alcalde.”
“Voy a lanzarme para diputado.”
“Voy a lanzarme para presidente.”
Y cuando uno pregunta por el equipo técnico, la respuesta suele ser algo como:
“Me apoya Don Chano.”
“También está Don Juano.”
“Y Don Perencejo cree en el proyecto.”
Personas buenas, probablemente. Pero sin experiencia real en gobernar nada. Entonces cuando ese candidato llega al poder pasa algo inevitable: tiene que pagar favores.
Y empieza a llenar puestos con gente que:
lo ayudó en campaña
lo apoyó con votos
o simplemente le fue leal
No necesariamente con gente capaz.
En países con sistemas políticos más maduros, el equipo de trabajo se forma por capacidad profesional. Desde el asesor más importante hasta la persona que organiza la agenda. No es casualidad que líderes como Barack Obama o Donald Trump tengan equipos enormes de asesores especializados:
Economistas.
Abogados.
Expertos en seguridad.
Analistas de inteligencia.
No están allí porque ayudaron a pegar afiches. Están allí porque saben hacer su trabajo.
Guatemala necesita gente buena. Eso no está en discusión. Lo que está en discusión es cómo se entra al sistema político. Porque cuando alguien entra sin preparación, sin equipo técnico, sin estructura real… el sistema termina devorándolo. Y entonces vuelve a ocurrir lo mismo de siempre.
Promesas.
Campañas.
Decepción.
Esto no es un ataque a quienes quieren participar en política. Es más bien una invitación a la realidad. Guatemala necesita políticos que:
estudien administración pública
estudien derecho
entiendan economía
entiendan seguridad
entiendan gobernanza
Que hagan carrera. Que acumulen experiencia. Que construyan equipos profesionales. Porque gobernar un país no es un hobby. Es una de las responsabilidades más complejas que existen.
Tal vez mi abuelo tenía razón. Tal vez por eso decía que las buenas personas no se meten a política. Porque sabían lo difícil que es entrar a un sistema roto sin romperse uno mismo.
Pero quizás el verdadero desafío para Guatemala no es sacar a las buenas personas de la política. Sino crear un sistema donde las buenas personas puedan entrar… y no corromperse en el intento = utopía.